Siempre es de noche.
Los días pasan, casi sin luz, casi sin importancia.
Ya no estoy seguro no en la cama. Duermo con verdaderas pesadillas. Literalmente, están sobre mi edredón esperando a que cierre los ojos para entrar en mi cabeza.
Cuando me arropo es como si impulsara esas malditas pesadillas hacia mi mente.
Pesadillas de cara blanca y pelo lacio. Pesadillas de sombras indefinidas y diabólicas risas. Pesadillas de muerte, incendios y sangre... mucha sangre.
¿Quién demonios escribe en sangre en los espejos? No hace falta siquiera leer los macabros brochetazos rojos para sentir pánico y volver huyendo a donde se supone que estaré a salvo.
Últimamente, mis sábanas no sirven de trinchera. Son cálidas, muy cálidas. Lo que nadie sabe es que las pesadillas son como los insectos; proliferan con el calor.
Me resulta extraño, la verdad. Sin embargo, si todo esto fuese como quiero creer... Mis miedos irreales pasarían a otra categoría; pasarían a ser parte de la verdad, parte del mundo.
Siempre lo he querido, aunque ello suponga dormir abrazado a un cadáver o dar las buenas noches al enorme ojo que hay bajo mi cama.
Ahora solo pienso en dormir acompañado. Ver tu mente en sueños. Tocar tus pesadillas, despertar, y ver que he conseguido que seas feliz en el mundo donde todo lo que aparece no es más que nuestro... por ahora.
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No sé, en serio que no, como pasan tan rápidos los días...
Creo que lo que espero es una llamada en mitad de la noche, que ahuyente las pesadillas... Una llamada que diga algo como: "Nos vemos en el sitio de siempre, a la hora de siempre. No llegues tarde como las últimas veces."
Y dormir, no tranquilo, pero sin tantas pesadillas sobre mi pecho, sin tanto olor a sangre. Creo que quiero sentir tus brazos en esos días de frío invierno, sentir como al abrazarme cierras los ojos. Pero es imposible...
Hubiera estado bonito algo así. La verdad, ya no sé si lo que escribo en cursiva es lo que pienso, lo que siento o lo que invento... Pero estaría bien que todo parase una noche y pudiera soñar con montañas enormes (pero sin puentes colgantes y terremotos), con un día de verano tumbado en el sofá. No te imaginas cuanto me encantaría soñar con el olor que entraba por mi ventana esos domingos soleados.
Un perro ladrando, la música lenta del vecino, un haz de luz atravesando la ventana, la humedad de los aspersores, el olor a tostadas, la libertad de permanecer en la cama e inventar un día completamente nuevo...
Son las cosas de las que nos desprendemos al convertirnos en adultos, o eso me dijo cierta persona hace un año.
Es la felicidad que no quiero perder, porque odio esta angustia. Odio desear no dormir, cuando me muero de sueño. Odio pensar que los pétalos de sakura se han estancado en el tiempo y han dejado de ir a esos famosos. Byōsoku go senchimētoru.
Es como si dijera que no espero ser entendido, si no querido.
Aunque no sé del todo si mi problema es que sigo creyendo en cosas que ni siquiera existen... el amor, la amistad, la familia. Todas esas malditas construcciones sociales que no hacen más que estorbar en el pobre corazoncito de un niño que solo quiere conservar los recuerdos que aún considera valiosos. Tengo miedo, mucho miedo... y no quiero saber nada más, no quiero tener miedo a algo que no me pertenece.
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