Y, entonces, inventamos nuestra historia.
Simulamos que nos llamamos y hablamos durante horas.
Simulamos que el fin de semana que viene nos lo pasaremos genial en la playa, o en el campo, o en una discoteca...
Simulamos que salimos entre semana para dar una vuelta a las 02:00, para sentir la brisa que a veces sopla en las noches próximas al verano.
Simulamos que me invita a cenar, que por mis movimientos torpes le tiro el vaso sobre su camisa de cuadros. Y yo me ponía rojo mientras iba al baño a lavarse.
Simulamos que llueve, y que arranca una rama de un árbol para cubrirnos. "¿Qué te he dicho sobre cargarte plantas?", le digo. Y sonríe.
Simulamos que la película que fuimos a ver al cine la semana pasada no nos gustó, pero aún seguimos hablando de ella y de lo guapo que salía el actor en una escena.
Simulamos que jugamos al ajedrez, y que se da cuenta de que me estoy dejando ganar porque sé que se aburre y que preferiría estar durmiendo la siesta.
Simulamos que recordamos cuando hace años un amigo que tenemos en común acabó en el hospital porque bebió demasiado una noche en la que su vida se había torcido un poco, y de cómo seguimos a la ambulancia con el coche.
Simulamos que nos enfadamos porque ambos íbamos detrás del mismo chico, y decidir que no merecía la pena porque no necesitamos el amor, siempre y cuando nos tuviésemos el uno al otro.
Simulamos que somos los mejores amigos.
Simulamos que vivimos.
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