El explorador buscaba ansioso la pantera de sus sueños, la que le salvaría su vida profesional y ofrecería a su familia una mejor vida.
Quería filmarla desde todas las perspectivas posibles, desde un ángulo y desde otro, corriendo o tumbada en una rama de árbol. La quería grabar acechando a sus presas, comiéndoselas.
Quería hacer un documental fantástico sobre aquella pantera.
Entonces la vio, escondida entre unas hojas de palmeras. Estaba escondida, acechando.
El explorador sacó la cámara y la preparó a la perfección. Empezó a grabar. Acercó el zoom hasta que fueron visibles los ojos de aquel animal.
Eran enormes y parecía que ni siquiera parpadeaba. Estaba concentrada, con las pupilas dilatadas, como si estuviese estudiando la mejor manera de capturar a su presa.
El explorador, conmovido por ver cumplido su sueño de filmar a la pantera, giró la cámara en busca de la presa que observaba la bestia.
Y cuando se giró del todo, fue consciente de su error.
Notó cómo algo perforaba su espalda y le cortaba la columna en dos. Cayó en redondo al suelo, al no tener, de cintura para abajo, sensibilidad.
La pantera comenzó a devorarle las entrañas. El explorador no podía parar de gritar pero, poco a poco, su voz fue apagándose.
De pronto, los gritos volvieron a tomar su consistencia. El explorador pensó en su vida, y cobró una fuerza impresionante. La pantera, molesta por su ruidoso festín, se aproximó a la altura de la cabeza y destrozó entre sus fauces el frágil cuello de su apetitosa presa.
Años después, su mujer moría de cáncer en un hospital perdido en las entrañas de Europa. Su hijo la acompañaba sentado a su lado. Ella estaba en las últimas.
La madre le pidió al hijo que aceptase la verdad sobre su padre, le iba a demostrar la verdad.
El hijo, desde los 8 años, había estado exigiéndole a la madre pruebas de que su padre estaba muerto. No podía creérselo, no quería.
La madre le extendió la mano. Le dio un pequeño paquete. En ese momento, la madre murió.
El joven llegó a su casa y abrió la pequeña cajita que su madre le había entregado.
Era una cinta de vídeo.
Y por más que lloró, no consiguió quitar la imagen del esqueleto de su padre tirado en mitad de la jungla, aún con restos de tendones y de carne, de su cabeza. Quizás hubiese sido mejor hacer como si su padre nunca hubiera existido, en vez de negar su muerte y exigir respuestas. Hay lo que hay, y por más que no se lo pudiese creer, su padre había muerto.
Quería filmarla desde todas las perspectivas posibles, desde un ángulo y desde otro, corriendo o tumbada en una rama de árbol. La quería grabar acechando a sus presas, comiéndoselas.
Quería hacer un documental fantástico sobre aquella pantera.
Entonces la vio, escondida entre unas hojas de palmeras. Estaba escondida, acechando.
El explorador sacó la cámara y la preparó a la perfección. Empezó a grabar. Acercó el zoom hasta que fueron visibles los ojos de aquel animal.
Eran enormes y parecía que ni siquiera parpadeaba. Estaba concentrada, con las pupilas dilatadas, como si estuviese estudiando la mejor manera de capturar a su presa.
El explorador, conmovido por ver cumplido su sueño de filmar a la pantera, giró la cámara en busca de la presa que observaba la bestia.
Y cuando se giró del todo, fue consciente de su error.
Notó cómo algo perforaba su espalda y le cortaba la columna en dos. Cayó en redondo al suelo, al no tener, de cintura para abajo, sensibilidad.
La pantera comenzó a devorarle las entrañas. El explorador no podía parar de gritar pero, poco a poco, su voz fue apagándose.
De pronto, los gritos volvieron a tomar su consistencia. El explorador pensó en su vida, y cobró una fuerza impresionante. La pantera, molesta por su ruidoso festín, se aproximó a la altura de la cabeza y destrozó entre sus fauces el frágil cuello de su apetitosa presa.
Años después, su mujer moría de cáncer en un hospital perdido en las entrañas de Europa. Su hijo la acompañaba sentado a su lado. Ella estaba en las últimas.
La madre le pidió al hijo que aceptase la verdad sobre su padre, le iba a demostrar la verdad.
El hijo, desde los 8 años, había estado exigiéndole a la madre pruebas de que su padre estaba muerto. No podía creérselo, no quería.
La madre le extendió la mano. Le dio un pequeño paquete. En ese momento, la madre murió.
El joven llegó a su casa y abrió la pequeña cajita que su madre le había entregado.
Era una cinta de vídeo.
Y por más que lloró, no consiguió quitar la imagen del esqueleto de su padre tirado en mitad de la jungla, aún con restos de tendones y de carne, de su cabeza. Quizás hubiese sido mejor hacer como si su padre nunca hubiera existido, en vez de negar su muerte y exigir respuestas. Hay lo que hay, y por más que no se lo pudiese creer, su padre había muerto.
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