THIS IS MY KINGDOM COME.

19 de octubre de 2010

Ahora admira las sonrisas.

Era pequeño y miraba las nubes.

Nada, la soledad. Sentir una presión en el lugar del pecho donde debería haber una continua corriente del alma excitada. La soledad, el vacío. El tiempo no cura nada, el tiempo no hace olvidar. El pequeño soñador imaginaba un mundo donde jamás alguien pudiese sentir ese tipo de dolor. Entretenía al tiempo con la esperanza de que, algún día, sus más pesados temores desapareciesen. Él sólo quería volver a sentir calor.
Un joven que iba de visita todos los días a aquel enfermizo edificio se paró a hablar con él. Le ofreció su mano para levantarlo del suelo del patio, donde el niño se tumbaba para admirar las nubes.
Nada, su mirada seguía perdida en el horizonte.
"Quizás, si no miro, algún día el dolor desaparecerá. Quizás si no miro..."

Viendo que el niño seguía en un mundo lejano a aquel, decidió marcharse con una sonrisa en los labios. Llevaba visitando al niño desde que supo su problema, todos los días que iba siempre era la misma situación. El ofrecía la mano al pequeño, pero este permanecía inmóvil. Sin embargo, algo cambiaba siempre. El jóven entraba entristecido y salía cada día con una cara que irradiaba cada vez más felicidad.
"Cada día que pase quedará menos"

Un día como cualquier otro, empezó a llover. Pero esta vez el pequeño estaba tan sumergido en su mundo que decidió no reaccionar ante el frío y la lluvia. Allí permanecía, tirado sobre las baldosas del patio, admirando unas nubes negras que acabarían por engullirle.
Comenzó a llover. Las gotas de lluvia comenzaron a golpear el cuerpo del niño. Llovía fuerte, pero el niño permanecía inmóvil, parecía como si quisiera morir allí.
De pronto, una pequeña gota golpeó contra uno de los ojos del niño. Despertó de su mundo. Las pupilas volvieron a retomar la fuerza de penosa vida. Un segundo después, una sombra cubrió su cuerpo. Alguien sostenía un paraguas. La sombra se agachó y acercó su mano exactamente igual que había hecho las anteriores veces.
El niño le miró a los ojos y le dio la mano.

No fue el tiempo, jamás lo será. Fue el calor que poco a poco fue dejando el joven en cada una de sus visitas. Fue el momento en el que llegó con su paraguas porque, a veces, sólo necesitamos que algo nos haga volver a la realidad para saber a qué debemos aferrarnos.


Ahora es mayor y pinta de colores el cielo.

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