No asomarían más de dos metros y medio por encima de la superficie de agua. Suficiente para tener dos niveles y una pequeña escalera que los conectara en varios puntos a lo largo de la muralla. El primer nivel era una simple plataforma rectangular de piedra con un pequeño embarcadero en un lateral y una escalera pegada al muro. Permanecía inmóvil y firme entre las corrientes, chocando a ambas partes olas pequeñas que apenas llegaban con fuerza pese a ser de noche. Estaría bajando la marea. En el extraño lugar en el que nos encontrábamos ya había pasado la medianoche y, posiblemente, hacía mucho.
Éramos cinco. Ocho, si contábamos los cadáveres de los guardias que habían estado apostados y que sorprendentemente habíamos matado sin hacer el más mínimo ruido. La pequeña barca en la que habíamos llegado allí chocaba suavemente contra el pequeño embarcadero de piedra. Subimos al segundo nivel, que consistía en un estrecho adarve por el que cabrían dos personas hombro con hombro y constaba de un parapeto almenado a ambos lados, de forma que resultaba difícil ver lo que sucedía en el nivel inferior a menos que hubiera una de las escaleras que conectaba con él para poder asomarse. Allí echamos un vistazo a la lejanía del pasillo, que era levemente curvo y podía verse la mayor parte del recorrido que hacía para cerrar la bahía. «Antorchas». Destacaban en la oscuridad de la noche, y venían en nuestra dirección. «Tranquilo, no han podido oírnos y, mucho menos, vernos». Ultimamos los planes y un compañero y yo nos pusimos la indumentaria que llevaban los guardias que habíamos asesinado. La armadura era completa, a excepción del yelmo, que no constaba de visera, y tampoco tenían barbera. La armadura tenía un color dorado que apenas podía verse pese a estar la luna llena. Una vez puesta la armadura, hundimos la barca y los cuerpos tanto como pudimos. Fue fácil, sólo había que hacerle un agujero a la barca, poner los cadáveres encima y poner sobre ellos las piedras que habíamos cargado hasta allí, y ellas cumplieron con su función. La luz de las antorchas cada vez estaba más cerca. Así que los que íbamos a suplantar a los guardias nos quedamos en la escalera de pie, y los otros tres echaron a correr por el lado opuesto del adarve.
Eran tres, así que uno sería alguien a cargo de echar una represalia al que estuviera holgazaneando o algo por el estilo. Nos fuimos a los extremos del peldaño de la escalera para dejarles pasar. Bajó a la plataforma y echó un vistazo rápido, seguramente para ver si habíamos ocultado vino o algo que distrajese a cualquier guardia de sus quehaceres. No hubo mucha conversación; ¿qué tal la noche?, ¿algún barco en el horizonte?, ¿algún reflejo extraño en el mar?. Miraba fijamente a los ojos cuando preguntaba, y tenía una extraña sonrisa. «¿Será de los que conocen a todo hombre que está bajo su mando?». De pronto, las preguntas empezaron a estar fuera de lo que parecía su rutina; primero habló sobre alguien que parecía ser otro guardia y preguntó si nos ofreceríamos a cambiar sus turnos por los nuestros debido a la muerte de algún pariente del susodicho guardia. «Quiere hacernos hablar y que cometamos errores. O puede que no, y simplemente sea verdad». Tras formular la pregunta, sus ojos seguían mirándonos fijamente y su sonrisa pareció haber aumentado. «Lo sabe».
Antes de poder abrir la boca o desenvainar la espada, el agua empezó a burbujear a su espalda. «Que no sea uno de los cuerpos, que no sea uno de los cuerpos». El burbujeo se hizo más intenso, y tuvo que girarse junto con sus otros dos guardias. Por suerte, no eran los cuerpos que habíamos hundido antes. Era otro tipo de cuerpo, ni siquiera sabría decir qué forma tenía o cómo era su tacto. Oscuro, más oscuro que la noche. Y, sin embargo, parecía brillar a cada movimiento, un brillo metálico que reflejaba la luna casi por completo. Solo se oyó un leve chapoteo, y una extensa protuberancia de esa masa informe había aplastado a uno de los guardias contra la pared de la muralla. Ligero como el aire, salió del agua y se aproximó al siguiente guardia. Fuera del agua y dentro de la zona iluminada por la antorcha tenía un aspecto todavía más terrorífico. Más alto que la muralla y mucho más ancho, parecía tambalearse como carne que no tiene huesos que la sujeten. Huimos en la misma dirección en la que habían huido nuestros tres compañeros. La criatura subió al adarve casi más rápido que nosotros, así que no íbamos a llegar lejos. «No mires atrás». Pero miré. La masa sobresalía por ambos lados del parapeto, pero no parecía molestarle. «Ya está aquí». Miré al frente y la luz del amanecer asomando tras las lejanas montañas pareció cegarme. Todo se volvió blanco.
Y, sin darme cuenta, estaba en un tramo más ancho del adarve. Seguía corriendo, pero ya no me perseguía nada, estaba con mi otro compañero. Una luz blanca dominaba aquel escenario y, a pocos pasos de allí había un extraño sillón blanco con remates en oro. Un anciano estaba sentado sobre él y,a su lado, un joven parecía estar sujetando un ramo de uvas. Ambos vestían con ropas sencillas y blancas.
— Acercaos —dijo mientras gesticulaba con la mano expresando lo mismo que sus palabras— Ahora podéis decidir sobre vuestras vidas. ¿Me perteneceréis a mí...? —preguntó pausadamente, esperando una respuesta— ¿... o perteneceréis a la bestia?
— No.
— Venid y desnudaos, entonces.
De la nada parecieron salir más chicos jóvenes desnudos. Se acercaron a nosotros y nos desnudaron. "Shh" susurraban, mientras nos mordisqueaban la oreja y dirigían nuestras manos a su antojo. El joven que estaba dándole uvas al anciano las dejó y se unió al grupo de jóvenes que nos rodeaba. El anciano se limitó a asentir y mirar.
Para entonces ya estaba solo yo, solo en el mundo, cubierto de tanta luz que parecía que el mundo se apagaba más allá del mar. No sabía si aquello era obra de un dios, pero jamás había creído en él. Y, sin embargo, ahora mi vida estaba en sus manos.
Eran tres, así que uno sería alguien a cargo de echar una represalia al que estuviera holgazaneando o algo por el estilo. Nos fuimos a los extremos del peldaño de la escalera para dejarles pasar. Bajó a la plataforma y echó un vistazo rápido, seguramente para ver si habíamos ocultado vino o algo que distrajese a cualquier guardia de sus quehaceres. No hubo mucha conversación; ¿qué tal la noche?, ¿algún barco en el horizonte?, ¿algún reflejo extraño en el mar?. Miraba fijamente a los ojos cuando preguntaba, y tenía una extraña sonrisa. «¿Será de los que conocen a todo hombre que está bajo su mando?». De pronto, las preguntas empezaron a estar fuera de lo que parecía su rutina; primero habló sobre alguien que parecía ser otro guardia y preguntó si nos ofreceríamos a cambiar sus turnos por los nuestros debido a la muerte de algún pariente del susodicho guardia. «Quiere hacernos hablar y que cometamos errores. O puede que no, y simplemente sea verdad». Tras formular la pregunta, sus ojos seguían mirándonos fijamente y su sonrisa pareció haber aumentado. «Lo sabe».
Antes de poder abrir la boca o desenvainar la espada, el agua empezó a burbujear a su espalda. «Que no sea uno de los cuerpos, que no sea uno de los cuerpos». El burbujeo se hizo más intenso, y tuvo que girarse junto con sus otros dos guardias. Por suerte, no eran los cuerpos que habíamos hundido antes. Era otro tipo de cuerpo, ni siquiera sabría decir qué forma tenía o cómo era su tacto. Oscuro, más oscuro que la noche. Y, sin embargo, parecía brillar a cada movimiento, un brillo metálico que reflejaba la luna casi por completo. Solo se oyó un leve chapoteo, y una extensa protuberancia de esa masa informe había aplastado a uno de los guardias contra la pared de la muralla. Ligero como el aire, salió del agua y se aproximó al siguiente guardia. Fuera del agua y dentro de la zona iluminada por la antorcha tenía un aspecto todavía más terrorífico. Más alto que la muralla y mucho más ancho, parecía tambalearse como carne que no tiene huesos que la sujeten. Huimos en la misma dirección en la que habían huido nuestros tres compañeros. La criatura subió al adarve casi más rápido que nosotros, así que no íbamos a llegar lejos. «No mires atrás». Pero miré. La masa sobresalía por ambos lados del parapeto, pero no parecía molestarle. «Ya está aquí». Miré al frente y la luz del amanecer asomando tras las lejanas montañas pareció cegarme. Todo se volvió blanco.
Y, sin darme cuenta, estaba en un tramo más ancho del adarve. Seguía corriendo, pero ya no me perseguía nada, estaba con mi otro compañero. Una luz blanca dominaba aquel escenario y, a pocos pasos de allí había un extraño sillón blanco con remates en oro. Un anciano estaba sentado sobre él y,a su lado, un joven parecía estar sujetando un ramo de uvas. Ambos vestían con ropas sencillas y blancas.
— Acercaos —dijo mientras gesticulaba con la mano expresando lo mismo que sus palabras— Ahora podéis decidir sobre vuestras vidas. ¿Me perteneceréis a mí...? —preguntó pausadamente, esperando una respuesta— ¿... o perteneceréis a la bestia?
— No.
— Venid y desnudaos, entonces.
De la nada parecieron salir más chicos jóvenes desnudos. Se acercaron a nosotros y nos desnudaron. "Shh" susurraban, mientras nos mordisqueaban la oreja y dirigían nuestras manos a su antojo. El joven que estaba dándole uvas al anciano las dejó y se unió al grupo de jóvenes que nos rodeaba. El anciano se limitó a asentir y mirar.
Para entonces ya estaba solo yo, solo en el mundo, cubierto de tanta luz que parecía que el mundo se apagaba más allá del mar. No sabía si aquello era obra de un dios, pero jamás había creído en él. Y, sin embargo, ahora mi vida estaba en sus manos.
~WD
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