THIS IS MY KINGDOM COME.

23 de mayo de 2013

JC-JV

Tambores resonando en la claridad del día. La calle estaba desierta. A parte del grupo de personas que luchaban por sus derechos y el cuerpo policial, las amplias avenidas estaban vacías, dominadas por altos rascacielos y el retumbar de los tambores.

"Están tocando la canción tal y como debe sonar, y no con ese ritmo falso y de miedo con el que la entonan los policías con su porra y escudo", alcancé a oír. Y era cierto, de una forma u otra, habían salido al momento en el que los policías empezaron a chocar las porras con el escudo al unísono. Los otros vestían con ropas claras, y llevaban un enorme tambor  blanco colgado del cuello y la parte baja de la espalda. El ruido era espectral.

Quizás fue eso lo que infundió el pánico, o quizás no, pero siempre hay algún tipo de detonante que acaba manchando de rojo la ropa de alguien. Las caras de miedo se agolpaban al intentar correr hacia la esquina más cercana para desaparecer de allí. Los tambores aún sonaban. «Correr, correr». Mi cerebro parecía no ser capaz de pensar en otra cosa, hasta que me di cuenta de que estaba corriendo solo entre la multitud. «¿Dónde está?» Se chocaba con la gente a pocos metros de mí, le cogí del brazo y tiré de él hacia la esquina. Cuando la cruzamos y hubimos recorrido más de la mitad de la calle, pudimos detenernos a respirar.

"She is behind you".

La voz pareció salir del rincón más profundo de mi mente, y parece que también de la suya. Nos miramos fijamente y tuvimos el valor de girarnos para ver quién nos seguía. Y allí estaba ella, vestida con su falda de cuadros verde oscuro con líneas rojas que los separaban, jersey verde oscuro, zapatos negros y sus dos coletas recogidas con lazos de color verde oscuro. Y ahí estaba su cara. Esa cara deforme con la boca torcida hacia la derecha y esos ojos enormes e imperturbables. Y chilló. Su voz aguda sonó tan alto que parecía taladrar los oídos, y el sonido lejano que pudiera quedar de tambores se desvaneció por completo.

Correr o no carecía de importancia. Cuando giramos, ya estaba justo tras su espalda, alzando la mano hacia él. «¡No!». Y al lanzarle una patada, todo se desvaneció para siempre.

~WD.

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