
Y si el tiempo no fuera más que hojas arrancadas de un almanaque. Granos de arena que escapan a la estrechez y precipitan a las profundidades del desierto...
En alguna esquina, ojos taciturnos observan palabras y gestos de mancos mudos que, como siempre, hablan por hablar.
Aún así siempre habrá hojas que arrancar, hasta que deje de haber almanaques.
Aún así, siempre habrá granitos de arena que hacer volver a su desierto inicial. Siempre me he preguntado en qué parte del reloj empezó a morir la arena.
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