En las noches calurosas de verano, junto a los ríos más limpios y puros, aparecen miles de bichitos brillantes. Una bonita luz que solo aparece cuanto todo lo demás está apagado.
¿Puedes sentirlo? Ni siquiera hace falta estar ahí para saber de qué va todo esto.
Hoy escribo para parar a recordarme lo que quiero sentir.
Esa inocencia que todos acabamos perdiendo. Esa sonrisa que todos acabamos transformando en la que otros quieren ver.
Inocencia, solo de nombrarla sonrío. Es increíble... Todo el tiempo que se desperdicia para no llegar a nada, cuando lo más fácil suele ser siempre la respuesta.
Sacar los pies descalzos por la ventana, mientras estoy leyendo tumbado en mi cama. Sentir el aire acariciar la planta de mis pies...
Viajar al interior de cualquier bosque en verano. Quitarme los zapatos y los calcetines, remangarme los pantalones y meterme en el primer riachuelo que encuentre.
Subir a una montaña con un palo como bastón. Sudar por el calor y, en la cima, abrir los brazos mientras el viento arrastra mi pelo hacia atrás.
Bajar recordando las piedras que miré mientras subía y recoger las hojas que cayeron a un lado del camino.
Salir con un paraguas a la calle mientras nieva. Sentarme en un banco de la plaza hasta que la nieve llega a mis tobillos y el frío me cala hasta los huesos.
Llegar a casa empapado y dormir junto a la chimenea.
Hacer una acampada en un bosque y que mil luces dancen junto a mi tienda de campaña, y que al abrir vea mil luciérnagas brillar más que, millones de kilómetros más allá, brillan las estrellas.
Curiosos bichos las luciérnagas.
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