THIS IS MY KINGDOM COME.

3 de septiembre de 2010

Alzheimer.

Alma, recuerdos.
Una mesa donde dibujas. Una silla donde te sientas. Un animal al que acaricias. Alguien a quien besas. Un abrazo. Cultivar unas plantas.
Todo, absolutamente todo. Cada cosa que rozamos, cada paisaje que miramos. En cada rincón puede verse una parte pequeña de nuestra alma. La vamos repartiendo por los lugares a donde vamos, en las cosas que hacemos.
Nuestra alma crea recuerdos uniéndose mediante lazos con aquellas cosas que hacemos, mediante rastros invisibles.
Estamos conectados con toda parte del mundo que hayamos visitado, visto u oido hablar de ella.
El mundo está lleno de esos lazos, de esos rastros. Cuerdas invisibles de infinitos colores nos llevan de vuelta hasta momentos de nuestra vida que creimos olvidados.
Lástima, nos hacemos viejos. Sólo hacen falta un par de malos actos y el alma comienza a pudrirse. Desgastada, pierde sus raices. El árbol que forma el alma comienza a replegar sus infinitas ramas y raices. Pérdidas de memoria.
Muchas veces, las innumerables cuerdas se enrredan entre ellas. Superponiendo recuerdos de otras almas sobre algunos puntos de uno de nuestros rastros. Déjà-vu.
Un lugar donde jamás has estado, un momento que nunca has vivido. Sin embargo, estos enrredos te hacen dudar de si de verdad has vivido ese momento antes.

Una vez viejos y sabios, el alma pierde completamente su capacidad de recordar. El saber ocupa lugar, y una vez que supera el límite. El árbol empieza a perder hojas, ramas... El alma se queda completamente seca, sin vida. Es entonces cuando estás enfermo.
Algunas veces, por muy seco que esté el árbol, consigue brotar de nuevo. Vuelven los recuerdos, estallan en tu mente.

Pero lleva mucho tiempo sin llover, el brote muere en cuestión de horas, minutos... Y vuelta a la muerte. No recuerdas qué hiciste hace dos minutos.

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