Abrí los ojos, y allí seguía. Agarré con más fuerza la cuerda y tiré.
Al otro lado de la cuerda escuché un grito. "Dime que sigues ahí" chillé, y como respuesta obtuve otro grito. "Una vez más", me dije.
Tiré de la cuerda y conseguí subir a mi compañero de viaje al saliente de la montaña en el que estaba yo.
Estuvimos varios minutos tirados en el suelo, jadeando. Las nubes pasaban.
Cuando recobré el aliento me eché sobre él y le abracé de una forma que no lo había hecho jamás.
- Ha faltado poco -dije con lágrimas en los ojos y casi susurrando.
- Qué más da... -respondió.
Me apartó de encima suya y pude ver una de las rocas afiladas del desfiladero clavada en su estómago. No me había fijado en el rastro de sangre que había dejado al subirlo al saliente de la montaña.
- Te habrías ahorrado el verme así -dijo con voz cada vez más apagada.
Cogió mi cabeza y la puso sobre la suya. Nos mirábamos fijamente. Esos ojos de un color que jamás llegué a saber definir. Esos labios que jamás conseguí dibujar bien. La forma de sus orejas que tan bien me sé, pese a estar cubiertas por su pelo.
Puso mi mano sobre su pecho, donde el corazón, y dijo:
- Prométeme que, cuando se pare, te irás y me dejarás aquí. Quiero que subas los cien metros que quedan para superar la altura máxima de las nubes.
- Lo prometo.
Su cuerpo fue poniéndose cada vez más frío y, con una interminable mirada, se despidió del mundo. Me aparté y dejé que viese por última vez el cielo. Le agarré de la mano.
- Las cirrus uncinus siempre han sido las nubes que más te han gustado. Ahora las tendrás para siempre en tu memoria.
Cuando los músculos de su mano se debilitaron del todo me levanté. Le cogí del brazo y tiré de su cadáver hasta conseguir subírmelo a la espalda.
Eché a correr cuesta abajo por la empinada montaña. Recorrí todo el largo camino que habíamos hecho para subir. Las dos noches que pasamos allí para llegar hasta donde ocurrió todo se convirtieron en una sola noche de vuelta.
No comí, no dormí, no paré en ningún momento.
Tres kilómetros más abajo, y con su sangre cubriendo mi cuerpo, llegué a la orilla del mar. Lo solté en la arena y caí exhausto a su lado.
Me quedé dormido al momento.
Soñé con nosotros, nuestras vidas. Una voz dentro de mí preguntaba cómo habrían ido las cosas si todo hubiera sido distinto. Y, como si fuera capaz de rehacer la vida por completo, mi mente mostró imágenes de un presente alternativo.
Aquella vez en la que quedamos para cenar y nos fuimos cada uno a nuestra casa no se mostraba así en mi mente. Ahora, a los cinco minutos de empezar a andar a casa, me paraba en seco y echaba a correr hacia su casa.
Llegando a su casa, me caí en la acera y me hacía una herida en la pierna. Cuando llegué a su casa no había nadie, y me quedé sentado en las escaleras de su puerta. Al rato, me quedé dormido, y a la media hora volvió él y me despertó.
Me metió en su casa y, mientras me curaba la herida me decía que él también había ido a buscarme a casa. En ese momento, yo bajaba la mirada y me ruborizaba.
Él se limitó a sonreír y, poco a poco, fue acercando su cara a la mía. Me besó.
Nuestras vidas habrían sido tan diferentes así... pero nunca llegó a pasar. Nunca me besó, nunca le besé. Quizás siempre tuvimos miedo del peso de nuestra decisión.
Estaba claro, él sabía que yo no iba a subir la montaña sin él.
Desperté a la mañana siguiente y vi su cuerpo junto a mí. Lo agarré de nuevo y lo arrastré hasta el océano con las pocas fuerzas que me quedaban. Lo llevé hasta el fondo, cargándolo mientras nadaba.
Cuando ya estaba suficientemente lejos, le dejé caer.
- Nuestro mar nunca fue de nubes, si no de agua.
Giré en dirección a la playa, pero la playa estaba muy lejos, y apenas me quedaban fuerzas.
La vida, las nubes, la montaña, la playa, el mar y él.
Lentamente me dejé hundir, y logré alcanzar su cuerpo en la oscuridad del océano.
Mis pulmones me exigieron abrir la boca e inspirar. La sal y el yodo del agua se fueron quedando por todas partes hasta llegar a mis pulmones. Dentro del agua, toser no sirve de nada. Pero, de pronto, un sabor familiar llegó a mi boca. El agua sabía, cómo no, a hierro.
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Quizás todo empiece siempre así; con un principio incierto y con un final certero. Lo que me recuerda a...
- Es una canción triste.
- No es triste, ¡es romántica!
- Entonces es muy triste...
:( ju.....
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