Veo a uno en el bloque de en frente, sentado. Vacilante, me mira directo al alma.
De pronto, un templario se abalanza hacia él, saltando desde el tejado contiguo, y con una enorme espada le rebana la cabeza. Ésta cayó sobre una terraza del edificio. Quedó con la mirada petrificada, aún me miraba.
Aquel jóven templario me miraba dudoso. A la distancia que estaba no podía hacerme daño. Yo estaba a salvo.
Los vampiros y los templarios mantenían una lucha continua. Sólo unos pocos eramos capaces de luchar contra ambos y seguir vivos.
¿Que quién nos mataba a nosotros?
Resulta obvio pensar que la única forma de acabar con el alma es adueñándose de ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario