Quizás sea la mejor forma de decir adiós. Aunque nunca le agradó a aquel pequeño gato tener que despedirse.Las despedidas nunca fueron lo suyo, no le gustaba la idea de separarse de los animales por un mísero segundo. Siempre quería estar ahí, junto a los demás... por los demás.
Ni siquiera se le daba bien tener algo de qué hablar cuando estaba con más animales. Posiblemente le gustara deleitar sus pequeños y frágiles tímpanos con alguna melodía de medianoche o con la simple armonía del latir del corazón ajeno.
Además, siempre se distraía mucho, y perdía el hilo de las conversaciones. Y todo porque, cuando alguien hablaba, buscaba el oir a sus pulmones exhalar aire. Y no porque no le importase lo que dijeran, sino porque, a veces, prefería asegurarse de que estaba en compañía de animales vivos, y no muertos.
Le parecería tan reconfortante escuchar los suspiros.
Pero, sin duda alguna, lo que hacía que la gente volviese a verle no eran sus despedidas, ni sus embobamientos, sino su forma de saludar.
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